lunes, 19 de marzo de 2018

Miguel Llor: EL SOMRIURE DELS SANTS

Criando vientos...
Han pasado cuatro años, y Laura decide volver a casa, con el cerdo de su marido, quien apenas la ve entrar a su habitación le echa los suficientes polvos como para volver a salir de la habitación ya al día siguiente, con el cuerpo y el aliento (de él) tan agrios como al comienzo del reencuentro. A Laura no le ha parecido mal, lo cual es normal, porque el personaje está muerto y es el autor quien lo ha matado. Los muertos no sienten, por si hacía falta aclararlo.
...cosechando tempestades

Nacen hijos, Laura sigue al pie de la letra las recomendaciones que por esa época se estilaban.

La trama se deshilacha, ni el autor demuestra mucho interés en ella. Los conflictos no son tales, porque son irresolubles. Pasan los años como suspiritos fraseados, alguno que otro parrafeado. Se nos cuenta que el cerdo del marido seguirá igual como es hasta el día de su muerte, y de eso nos enteramos a la mitad de la novela. Pasa la Guerra Civil, esa rebelión de las masas.

Leí esta novela apesadumbradamente. Es muy cortita, y me costó mucho acabármela. Laura da vueltas y vueltas, y vuelve al mismo lugar. Si en la primera novela se recluye en un convento, en la definitiva la definitiva reclusión es en su propia casa, junto a un marido que, como todos los hombres que se interesan en ella, no la merecen ni están a la altura de sus zapatos pero que, curiosamente y al mismo tiempo, el autor nos lo revela como mejor que Laura, a su manera, porque, como los peronistas borgeanos, no es ni bueno ni malo, el pobre, sino incorregible.

Teresa y Laura, las cuñadas, siguen adelante como pueden. Se saben y sienten malas e indignas de compasión, y tienen la autoestima por los suelos. Su mayor pecado es no amar a un hombre. Mismamente como la viuda señora Oriol, que se lo revela a Laura en una de las postreras conversaciones que la protagonista.

La tristeza y humillación paralizan a los hombres, pero infunde fuerzas a las mujeres, en esta novela. Aun así, la historia de Laura no puede ser más funeraria, porque Laura está muerta, es un autómata que vive, a su manera, para los demás. El autor, ambivalente pero impiadoso, no puede evitar explicarnos la indigencia sentimental de Laura, su incapacidad para el amor cuando casi no quedan páginas para restregárnoslo por la cara. Se muere Magem, el viejo medio loco y casi amigo íntimo de Laura, y ésta se descubre a sí misma como si acabara de llover.

Cuentan por ahí que El somriure dels sants fue una intentona de Llor de congraciarse con quienes había ofendido en Laura a la ciutat dels sants. Puede ser. Me cuesta ubicarme en la época, y quién sabe. Transformar a Laura en algo homologable a la peor de todas quizás funcionaba para eso.

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