lunes, 10 de agosto de 2020

Alessandro Manzoni: I PROMESSI SPOSI

Me lo compré en Amazon,
ridículamente barato.
I promessi sposi, traducido al castellano hace muchos años como Los novios, es una novela de Alessandro Manzoni publicada a principios del siglo 19 y ambientada en el 17, en plena dominación española. Pertenece al canon de la literatura italiana bien a lo bestia, es lo que ellos llaman un capolavoro, y parece ser que hay tantísima gente que lo odia gracias al probado método de haber sido obligados a leerlo cuando no era el momento.

Algunas consideraciones:


La novela, básicamente, es la historia de dos que se aman, que quieren casarse, pero que un malvado ricachón no los deja. La parejita, a su manera, son como hojas en la tormenta —una tormenta maligna, los acontecimientos históricos; una tormenta divina, los designios divinos—. Me quedó redondo, seguramente es una burrada, pero ahí lo dejo.

Aparte de la parejita, Lucia y Renzo, hay todo un abanico de personajes principales y secundarios incapaces de dejarlo a uno indiferente. Cada uno tiene su propia lucha interior, cada uno tiene su momento de mirarse en el espejo y darse cuenta de que más le valdría bajar la vista, incluso aquellos que más planos podrían parecer o uno creería que deberían serlo. Don Rodrigo, el ricachón malvado, se queda solo frente a los retratos de sus gloriosos antepasados y no sorprendería que se pegara un tiro ahí mismo, dejando trunca la novela. Incluso las multitudes se miran a sí mismas a un espejo, cuando llega el momento, y les da tiempo de agarrarse la cabeza ante el espectáculo.

I promessi sposi es una novela católica. Eso hay que tenerlo claro. O sea, la fe mueve montañas en la novela. El arrepentimiento, el perdón y la reparación no es cosa menor —dicho de otra forma, es cosa mayor.

Algunos de los personajes más siniestros o patéticos son, sin embargo, inquilinos de una Iglesia. Aunque, es evidente, los personajes más tocados de la gracia divina también lo son. Pero eso no significa que, entre católicos, el señor Lobo no tenga necesidad de decir esta clase de cosas. El cura don Abbondio o la monja Gertrude están ahí para recordarnos que la Iglesia también acoge la insalvable, estólidad iniquidad de los Quarracino o los Rouco Varela.

Hay algo evidente, también. Los novios están a punto de juntarse y se separan, están a punto y se separan, están a punto de juntarse y se separan hasta que, al final, acaban felices para siempre. Como si la Novela Romántica fuera, en realidad, una novela romántica. Y voto a bríos que, imaginé, al final el desenlace iba a ser bien diferente al que finalmente fue, porque por determinadas debilidades de los protagonistas, imaginé, el bueno de Manzoni les tenía reservado un final tremebundo en forma de castigo. Pero no, no pasó, vivieron felices para siempre o, en la genial ironía manzoniana, su vida, una vez casados y asentados, "fue una de las más tranquilas, de las más felices, de las más envidiables de manera que, si nos la tuviera que contar nos mataría del tedio".

Antes de comer perdices para siempre, la parejita ha tenido que hacer frente a sus tragedias particulares, que fueron básicamente el aparente omnímodo poder terreno de don Rodrigo, y después a la debacle económica y social, la guerra y la peste, que aquí me ocupan sólo hacer una lista de tres elementos, pero que son tremendos tochos de la novela, por los que el autor, consciente del desequilibrio argumental a lo bestia que ha metido ahí, se disculpa reiteradas veces ante el lector, casi hasta el final.

La peste iguala a todos, ricos y pobres, en la muerte. Y cómo. Un poco Deus ex machina sí que es, la resolución del conflicto con un don Rodrigo que cae enfermo, pero también es cierto que Renzo y Lucia deben acometer su propio viaje del héroe que los lleva a vencer de un modo bastante católico. Pero ninguno es perfecto, ojo. Las debilidades de Renzo se cuentan a paladas, por ejemplo, y sin la guía adecuada del padre Cristóforo —un personaje tocado de la gracia divina que los ayuda cuanto puede y mientras puede—, éste se hubiera perdido a sí mismo, a Lucia y a su alma. Estuvo bien, ahí, el padre Cristóforo.

¿Me lo he pasado bien leyendo I promessi sposi? La verdad que sí. Solía leer un capítulo cada día, pero acabo de zamparme los últimos cuatro capítulos de una sentada, porque necesitaba enterarme de cómo acababa la cosa. A quien no le den miedo los mamotretos que se escribían en el siglo 19, recomendable. La edición de I MiniMammut, estupenda.

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